Berlusconi y la última etapa de la historia

Una fase de desarrollo en la década de mil novecientos ochenta vio de qué forma Italia se convertía en entre las principales economías mundiales, pero a mediados de la década de mil novecientos noventa se declaró un nuevo periodo de crisis. Las altas cifras del paro y la inflación, combinadas con una descomunal deuda nacional y una percibe volátil (la lira), llevó al Gobierno a introducir unas medidas severas para recortar el gasto público, lo que dejó que Italia se uniera a la moneda única en el 2 mil uno.

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El viejo orden pareció desmoronarse en los últimos tiempos del s. XX. El PCI se escindió. La minoría de la vieja guarda, el Partido de la Refundación Marxista (PRC), estuvo dirigido por Fausto Bertinotti hasta el resonante fracaso en las elecciones del 2 mil 8 (cuando no consiguió conseguir el 5 por ciento de los votos, el mínimo preciso para entrar en el Parlamento). El ala escindida, más grande y moderada, se rehabilitó y apareció como Democratici di Sinistra (DS) y en el 2 mil 7 se unió con otro conjunto de centro-izquierda para crear el Partido Democrático (PD).

El resto de la escena política quedó convulsionada por el escándalo Tangentopoli (ciudad del soborno), que reventó en M. en mil novecientos 92. Dirigidas por un conjunto de jueces milaneses, como A. di Pietro, las investigaciones conocidas como Manos Limpias implicaron a miles de políticos, funcionarios públicos y empresarios en escándalos que iban desde el cohecho y el soborno al robo flagrante.

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Los viejos partidos de centro-derecha se cayeron tras los juicios, y de sus cenizas afloró lo que muchos consideraban un soplo de aire fresco. El partido de S. Berlusconi –magnate de los medios de comunicación–, Forza Italia, barrió en las elecciones del 2 mil uno y, tras un insípido interludio de dos años de gobierno de centro-izquierda bajo Romano Prodi, viejo líder de la Comisión Europea, volvió a hacerlo en el mes de abril del 2 mil 8. Berlusconi y su mezcla concienzudamente coreografiada de carisma, irreverencia y seguridad en sí atrajeron a muchos votantes italianos. Su transformación de crooner de crucero en magnate populista de los medios (y dueño de un club de fútbol) era la historia de un hombre hecho a sí mismo, y su éxito empresarial se interpretó como prueba de sus dotes innatas para la economía. Al paso que sus sucesivos escándalos provocaban incredulidad en el extranjero, en Italia provocaban poco más que un encogimiento de hombros apático en un pueblo conocido por su cinismo cara los políticos.

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Tal como el partido de derechas (en su día fascista) Alianza Nacional, dirigido por Gianfranco Fini, y la polémica y separatista Liga Norte, Berlusconi encabeza una coalición conocida como Polo de la Libertad.

Dirigido por el otrora regidor de Roma, Walter Veltroni, el PD fue inútil de recuperarse tras recabar solo el 38 por ciento de los votos en las elecciones del 2 mil 8. En veloz sucesión, el PD fue vapuleado en todo el país en las elecciones municipales, tal y como en las regionales de Friul-Venecia J., los Abruzzos y Cerdeña. Esta última derrota de febrero del 2 mil 9 forzó a Veltroni a abandonar, dejando en el caos a esa izquierda eternamente dividida.

Desde el 2 mil uno al 2 mil 6, el Gobierno de Berlusconi estuvo marcado por una serie de leyes que protegían sus extensos intereses económicos (su control alcanzaba el 90 por ciento de los canales sin costo de T.V. del país). Además dedicó un buen tiempo a amonestar a los que consideraba jueces politizados, que llevaban desde principios de la década de mil novecientos noventa estudiando sus miles de tramas empresariales.

Entre las primeras medidas de Berlusconi en el 2 mil 8 fue enfrentar la larga crisis de la basura en Nápoles, un tema complejo que se remontaba a principios de la década de mil novecientos noventa. Los inconvenientes en la administración de los deshechos habían puesto a Nápoles en múltiples situaciones malolientes, al acumularse grandes cantidades de basura por la ciudad. La corrupción, una administración ineficaz, unos vertederos atestados y la polémica sobre la ubicación de las incineradoras habían contribuido al inconveniente. Cuando juró su cargo como primer ministro, Berlusconi puso rumbo a Nápoles y después mandó al ejército. En el mes de julio, el primer ministro dio la crisis por finalizada, pero a principios del 2 mil once las calles de Nápoles volvían a estar llenas de desperdicios sin recoger.

El tufo de la basura no ha sido el único motivo de vergüenza para la Nápoles del s. XXI. En los últimos tiempos ha corrido más sangre por las calles napolitanas que en ninguna otra parte de Italia a causa de la violencia de la mafia. A fines del 2 mil 4 y principios del 2 mil 5, la llamada “guerra de Scampia”, una lucha intestina entre clanes contendientes de la camorra, acabó con hasta 47 personas asesinadas a tiros en solo cuatro meses.

El recuerdo de la guerra volvió de forma trágica en el mes de septiembre del 2 mil 8, en el instante en que un escuadrón de la muerte de la camorra acribilló a siete hombres en Castel Volturno, al noroeste de Nápoles.

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En el mes de noviembre del 2 mil once, tras protagonizar múltiples escándalos y verse superado por la crisis económica que asuela Europa y muy de manera especial a Italia, S. Berlusconi presentó su renuncia como primer ministro. Fue de forma inmediata sustituido por M. Monti, viejo directivo europeo de la Comisión Trilateral, miembro del Conjunto Bilderberg y asesor del conjunto bancario de inversión Goldman Sachs.

En los primeros meses de 2 mil 12, el nuevo primer ministro ha impulsado un extenso plan de ajuste económico para reducir la deuda del país, lo que está provocando un fuerte descontento entre la población, que ha visto aumentado sus impuestos y reducidos sus sueldos y posibilidades sociales.