Feliz año 2016 / Felice 2016

Feliz 2016 / Felice 2016

Berlusconi y la última etapa de la historia

Una fase de desarrollo en la década de mil novecientos ochenta vio de qué forma Italia se convertía en entre las principales economías mundiales, pero a mediados de la década de mil novecientos noventa se declaró un nuevo periodo de crisis. Las altas cifras del paro y la inflación, combinadas con una descomunal deuda nacional y una percibe volátil (la lira), llevó al Gobierno a introducir unas medidas severas para recortar el gasto público, lo que dejó que Italia se uniera a la moneda única en el 2 mil uno.

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El viejo orden pareció desmoronarse en los últimos tiempos del s. XX. El PCI se escindió. La minoría de la vieja guarda, el Partido de la Refundación Marxista (PRC), estuvo dirigido por Fausto Bertinotti hasta el resonante fracaso en las elecciones del 2 mil 8 (cuando no consiguió conseguir el 5 por ciento de los votos, el mínimo preciso para entrar en el Parlamento). El ala escindida, más grande y moderada, se rehabilitó y apareció como Democratici di Sinistra (DS) y en el 2 mil 7 se unió con otro conjunto de centro-izquierda para crear el Partido Democrático (PD).

El resto de la escena política quedó convulsionada por el escándalo Tangentopoli (ciudad del soborno), que reventó en M. en mil novecientos 92. Dirigidas por un conjunto de jueces milaneses, como A. di Pietro, las investigaciones conocidas como Manos Limpias implicaron a miles de políticos, funcionarios públicos y empresarios en escándalos que iban desde el cohecho y el soborno al robo flagrante.

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Los viejos partidos de centro-derecha se cayeron tras los juicios, y de sus cenizas afloró lo que muchos consideraban un soplo de aire fresco. El partido de S. Berlusconi –magnate de los medios de comunicación–, Forza Italia, barrió en las elecciones del 2 mil uno y, tras un insípido interludio de dos años de gobierno de centro-izquierda bajo Romano Prodi, viejo líder de la Comisión Europea, volvió a hacerlo en el mes de abril del 2 mil 8. Berlusconi y su mezcla concienzudamente coreografiada de carisma, irreverencia y seguridad en sí atrajeron a muchos votantes italianos. Su transformación de crooner de crucero en magnate populista de los medios (y dueño de un club de fútbol) era la historia de un hombre hecho a sí mismo, y su éxito empresarial se interpretó como prueba de sus dotes innatas para la economía. Al paso que sus sucesivos escándalos provocaban incredulidad en el extranjero, en Italia provocaban poco más que un encogimiento de hombros apático en un pueblo conocido por su cinismo cara los políticos.

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Tal como el partido de derechas (en su día fascista) Alianza Nacional, dirigido por Gianfranco Fini, y la polémica y separatista Liga Norte, Berlusconi encabeza una coalición conocida como Polo de la Libertad.

Dirigido por el otrora regidor de Roma, Walter Veltroni, el PD fue inútil de recuperarse tras recabar solo el 38 por ciento de los votos en las elecciones del 2 mil 8. En veloz sucesión, el PD fue vapuleado en todo el país en las elecciones municipales, tal y como en las regionales de Friul-Venecia J., los Abruzzos y Cerdeña. Esta última derrota de febrero del 2 mil 9 forzó a Veltroni a abandonar, dejando en el caos a esa izquierda eternamente dividida.

Desde el 2 mil uno al 2 mil 6, el Gobierno de Berlusconi estuvo marcado por una serie de leyes que protegían sus extensos intereses económicos (su control alcanzaba el 90 por ciento de los canales sin costo de T.V. del país). Además dedicó un buen tiempo a amonestar a los que consideraba jueces politizados, que llevaban desde principios de la década de mil novecientos noventa estudiando sus miles de tramas empresariales.

Entre las primeras medidas de Berlusconi en el 2 mil 8 fue enfrentar la larga crisis de la basura en Nápoles, un tema complejo que se remontaba a principios de la década de mil novecientos noventa. Los inconvenientes en la administración de los deshechos habían puesto a Nápoles en múltiples situaciones malolientes, al acumularse grandes cantidades de basura por la ciudad. La corrupción, una administración ineficaz, unos vertederos atestados y la polémica sobre la ubicación de las incineradoras habían contribuido al inconveniente. Cuando juró su cargo como primer ministro, Berlusconi puso rumbo a Nápoles y después mandó al ejército. En el mes de julio, el primer ministro dio la crisis por finalizada, pero a principios del 2 mil once las calles de Nápoles volvían a estar llenas de desperdicios sin recoger.

El tufo de la basura no ha sido el único motivo de vergüenza para la Nápoles del s. XXI. En los últimos tiempos ha corrido más sangre por las calles napolitanas que en ninguna otra parte de Italia a causa de la violencia de la mafia. A fines del 2 mil 4 y principios del 2 mil 5, la llamada “guerra de Scampia”, una lucha intestina entre clanes contendientes de la camorra, acabó con hasta 47 personas asesinadas a tiros en solo cuatro meses.

El recuerdo de la guerra volvió de forma trágica en el mes de septiembre del 2 mil 8, en el instante en que un escuadrón de la muerte de la camorra acribilló a siete hombres en Castel Volturno, al noroeste de Nápoles.

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En el mes de noviembre del 2 mil once, tras protagonizar múltiples escándalos y verse superado por la crisis económica que asuela Europa y muy de manera especial a Italia, S. Berlusconi presentó su renuncia como primer ministro. Fue de forma inmediata sustituido por M. Monti, viejo directivo europeo de la Comisión Trilateral, miembro del Conjunto Bilderberg y asesor del conjunto bancario de inversión Goldman Sachs.

En los primeros meses de 2 mil 12, el nuevo primer ministro ha impulsado un extenso plan de ajuste económico para reducir la deuda del país, lo que está provocando un fuerte descontento entre la población, que ha visto aumentado sus impuestos y reducidos sus sueldos y posibilidades sociales.

La Italia de postguerra

Después de la guerra, la resistencia fue desarmada y las fuerzas políticas se reagruparon. A través del Plan Marshall, EE UU ejerció una considerable influencia política con la que contuvo a los partidos de izquierda.

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Se sucedieron tres gobiernos de coalición. El tercero, que llegó al poder en diciembre de 1945, estaba dominado por la recién formada Democracia Cristiana (DC), liderada por Alcide de Gasperi, primer ministro hasta 1953. Italia se convirtió en República en 1946 y la DC de De Gasperi ganó las primeras elecciones bajo la nueva Constitución en 1948.

Hasta la década de 1980, el Partido Comunista Italiano (PCI), al principio con Palmiro Togliatti y después con el carismático Enrico Berlinguer, resultó crucial para el desarrollo político y social del país, a pesar de mantenerse sistemáticamente fuera del Gobierno.

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Su gran popularidad dio paso a un período gris, los anni di piombo (años de plomo) de la década de 1970. Con el auge económico se extendió por Europa una paranoia sobre el poder de los comunistas en Italia, que generó a su vez una reacción secreta aparentemente dirigida por la CIA y la OTAN. Aún hoy se sabe poco sobre la Operación Gladio, organización paramilitar clandestina supuestamente responsable de varios actos terroristas inexplicables, aparentemente diseñados para crear un ambiente de temor en el que, si los comunistas se acercaban al poder, podría ser rápidamente ejecutado un golpe de Estado derechista.

La década de 1970 estuvo dominada por el espectro del terrorismo y un considerable malestar social, sobre todo en las universidades. Los terroristas neofascistas golpearon con una bomba en Milán en 1969. En 1978, las Brigadas Rojas, grupo de jóvenes militantes de izquierda responsables de varios atentados con bomba y asesinatos, se cobraron su víctima más relevante, Aldo Moro, antiguo primer ministro de la DC. Su secuestro y asesinato 54 días más tarde convulsionó al país.

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A pesar de la inquietud, la década de 1970 fue también una época de cambios positivos. En 1970 se formaron gobiernos regionales de poder limitado en 15 de las 20 regiones del país (las otras cinco, Sicilia, Cerdeña, el Valle de Aosta, Trentino-Alto Adigio y Friul-Venecia Julia, ya contaban con sólidos estatutos de autonomía).

El mismo año se legalizó el divorcio y ocho años después el aborto, a lo que siguió una legislación antisexista que permitía a las mujeres mantener su apellido después de casadas.

De la guerra d etrincheras a Benito Mussolini

Al reventar la Gran guerra en Europa en el mes de julio de mil novecientos 14, Italia decidió seguir neutral, a pesar de integrar la Triple Alianza con Austria y Alemania. Italia tenía reivindicaciones territoriales sobre Trento (Trentino), el sur del Tirol, Trieste e incluso Dalmacia, bajo control austriaco (algunos de estos territorios los había intentado tomar sin éxito durante la guerra austro-prusiana de mil ochocientos 66). Bajo las condiciones de la Triple Alianza, Austria debía entregar gran parte de este territorio en el caso de ocupar otro en los Balcanes, pero se negó a cumplirlo.

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El Gobierno italiano estaba dividido entre un partido no intervencionista y otro recomendable a la guerra. Este último, viendo que la intransigencia de Austria, decidió tratar con los aliados. En el pacto de Londres de abril de1915, aItalia le prometieron los territorios reclamados tras la victoria. En el mes de mayo, Italia declaró la guerra a Austria y los 2 países se sumieron en una agotadora batalla de desgaste de tres años y medio. Tras el caiga de las fuerzas austrohúngaras en el mes de noviembre de mil novecientos dieciocho, los italianos invadieron Trieste y Trento, pero el Tratado de Versalles siguiente les negó el resto de los territorios que demandaban.

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Las ganancias fueron escasas. Italia perdió seiscientos cero hombres y la economía de guerra había generado una concentración de poderosos barones industriales, al paso que dejaba al grueso de la población en la miseria. Este coctel era aun más explosivo a causa de los muchos militares desmovilizados que regresaban a casa o recorrían el país en busca de trabajo. Era el ambiente ideal para un demagogo, cuya aparición no se haría esperar.

B. Mussolini (mil ochocientos 83-mil novecientos 45) era un joven belicista que había sido directivo de un periódico socialista, y que en una ocasión había descuidado del servicio militar. Esta vez se presentó voluntario para el frente y regresó herido en mil novecientos diecisiete.

La experiencia de la guerra y la frustración compartida por el decepcionante resultado en Versalles le llevó a formar un conjunto político derechista que en mil novecientos 21 se convirtió en el Partido Fascista, cuyos camorristas callejeros exhibían camisas negras y el saludo romano. En los veintitrés años siguientes acabarían convirtiéndose en símbolos de opresión violenta y de un beligerante nacionalismo. Tras su marcha sobre Roma en mil novecientos veintidós y la victoria en las elecciones de mil novecientos 24, Mussolini, que se hacía llamar Il Duce (el líder), tomó pleno control del país en mil novecientos veintiséis, prohibiendo otros partidos, los sindicatos no afiliados al suyo y la prensa libre.

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En la década de mil novecientos treinta, todos los aspectos sociales estaban regulados por el partido. La economía, la banca, enormes obras públicas, la conversión de pantanos costeros en tierras arables y una ambiciosa modernización de las fuerzas armadas, todo entraba en los espléndidos planes de Mussolini. Al principio, en el campo internacional, manifestó cierta prudencia al firmar tratados de cooperación (como el Pacto Briand-Kellogg de mil novecientos 28, por el que renunciaba a la guerra) y hasta mil novecientos 35 se mostró próximo a Francia y el R. Unido para contener la creciente amenaza del veloz rearme alemán con Adolf Hitler.

Todo cambió cuando deseó invadir Abisinia (Etiopía) como primer paso en la creación de un “nuevo imperio romano”. Este beligerante aspecto de su política ya le había llevado a escaramuzas con Grecia por la isla de Corfú y a expediciones militares contra fuerzas nacionalistas en la colonia italiana de Libia.

La Liga de las Naciones condenó la aventura abisinia y desde este momento, Mussolini cambió de rumbo, acercándose a la Alemania nacionalsocialista. Los 2 países dieron su apoyo al general Franco en los tres años de Guerra Civil de España, y en mil novecientos 39 firmaron una alianza.

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La S. Guerra Mundial reventó en el mes de septiembre de mil novecientos 39 con la invasión de Polonia por Hitler. Italia siguió impasible hasta junio de mil novecientos cuarenta, cuando Alemania había invadido Noruega, Dinamarca, los Países Bajos y gran parte de Francia. Parecía demasiado simple y Mussolini se le unió en mil novecientos cuarenta, una resolución que Hitler debió lamentar después, cuando debió apoyar a Italia en campañas en los Balcanes y el norte de África, sin poder impedir los desembarcos aliados en Sicilia en mil novecientos 43.

Por aquel entonces, los italianos ya estaban hartos de Mussolini y su guerra, y el rey le mandó detener. En el mes de septiembre, Italia se rindió y los alemanes le liberaron, ocupando los dos tercios del norte del país y restableciendo al dictador.

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La lenta y penosa campaña aliada en la península y la opresión alemana condujeron a la formación de la resistencia; el norte de Italia fue liberado en el mes de abril de mil novecientos 45 y Mussolini y su amante, Clara Petacci, fueron atraparon cuando escapaban cara el norte para conseguir Suiza. Fueron fusilados y sus cadáveres se colgaron en Piazzale Lotto de M.. Lejos quedaban las esperanzas de Il Duce de un entierro glorioso a la vera de su ídolo imperial, Augusto, en Roma.

Italia, el surgimiento de una nación

EL NACIMIENTO DE UNA NACIÓN

La Revolución francesa a fines del s. XVIII y el ascenso del emperador Napoleón Bonaparte. alentó en Italia las ilusiones de convertirse en una nación independiente. Desde los días gloriosos del Renacimiento, sus divididos mini estados habían ido perdiendo poder y estatus en el escenario europeo.

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A fines del s. XVIII, la península era poco más que un agotado y retrasado patio de juegos para las grandes potencias.

N. invadió Italia en múltiples ocasiones, poniendo fin en 1797 ala República de Venecia (y a mil años de independencia) y creando el llamado Reino de Italia en mil ochocientos 4, que no era de ninguna forma independiente; no obstante, el terremoto napoleónico hizo que muchos ciudadanos creyesen que un único Estado italiano era posible tras la muerte del emperador.

No iba a resultar tan simple. El reaccionario Congreso de Viena devolvió a todos los gobernantes extranjeros a sus puestos en Italia. El conde turinés Camillo Benso di Cavour (mil ochocientos diez-mil ochocientos 61), primer ministro de la monarquía de Saboya, se convirtió en el cerebro diplomático del movimiento de unificación italiano. A través del periódico prounificador Il Risorgimento, fundado en mil ochocientos 47, y la publicación de un Statuto parlamentario, Cavour y sus adeptos sentaron las bases de la unidad.

Conspiró con los franceses y se ganó el apoyo británico para la creación de un Estado italiano independiente. Su tratado de mil ochocientos 58 con N. III preveía la ayuda francesa en el caso de guerra con Austria y la creación de un reino al norte de Italia, a cambio de partes de Saboya y Niza.

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La sangrienta guerra franco-austriaca (además llamada S. Guerra de Independencia Italiana; mil ochocientos 59 – mil ochocientos 61), que reventó en el norte de Italia, condujo a la ocupación de Lombardía y a la retirada de los austriacos a sus posesiones orientales en el Véneto. Mientras que, el revolucionario Giuseppe Garibaldi había creado la auténtica ocasión para conseguir una unidad plena. Tomó Sicilia y el sur de Italia en un ataque militar en nombre del rey V. M. II de Saboya en mil ochocientos sesenta. Aprovechando la ocasión, Cavour y el rey ocuparon zonas del centro (como Umbría y Las Marcas) y de esta forma se pudo proclamar la creación de un único Estado italiano en mil ochocientos 61.

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En los nueve años siguientes, la Toscana, el Véneto y Roma fueron anexionados al joven reino. La unificación quedó completada y en mil ochocientos 71 se creó el Parlamento en Roma.

El turbulento nuevo Estado presenció violentos golpes entre los socialistas y la derecha. Giovanni Giolitti, entre los primeros ministros italianos con la carrera más larga (jefe de cinco gobiernos entre mil ochocientos 92 y mil novecientos 21), consiguió tender un puente entre los extremos políticos y asimismo instituyó el sufragio masculino.

A las mujeres se les negó el derecho al voto hasta tras la S. Guerra Mundial.

El auge de las ciudades estado

EL AUGE DE LAS CIUDADES ESTADO

Mientras que el sur de Italia tendía a los gobiernos centralizados, en el norte ocurría lo opuesto.

El auge de las ciudades estado

Urbes portuarias como Génova, Pisa y en especial Venecia, así como núcleos del interior como Florencia, M., Parma, Bolonia, Padua, Verona y Módena, se mostraban poco a poco más arrogantes frente a la injerencia de los emperadores del Sagrado Imperio.

La creciente bonanza de las urbes y su independencia asimismo provocaron enfrentamientos con Roma, que se veía cada inútil de ejercer repercusión sobre ellas; en verdad, el control sobre ciertos de sus Estados Pontificios fue en ocasiones cuestionado. Atrapadas entre el papado y los emperadores, no es de extrañar que estas urbes-Estado no dejasen de mudar de aliados, con tal de administrar mejor a sus intereses.

Entre los ss. XII y XIV se desarrollaron nuevas formas de gobierno. Venecia adoptó un sistema oligárquico parlamentario en un intento por lograr una democracia limitada. Lo más usual era que la urbe-Estado crease una comune (municipio), una forma de gobierno republicano dominado al comienzo por aristócratas, mas entonces poco a poco más por las adineradas clases medias. Las familias acomodadas pronto trasladaron su atención desde la rivalidad en los negocios cara las luchas políticas, en las que cada uno de ellos aspiraba a ganar el control de la signoria (gobierno).

En ciertas urbes, grandes dinastías como los Médicis en Florencia y los Visconti y Sforza en M. llegaron a dominar sus respectivos escenarios. La guerra entre urbes-Estado era una incesante y por último unas pocas, sobre todo Florencia, M. y Venecia, surgieron como potencias regionales y absorbieron a sus vecinos. Su poder se fundamentaba en una mezcla de comercio, industria y conquista. Las conjunciones de poder y las coaliciones oscilaban continuamente, haciendo que sus cambios de destino fuesen una regla más que una salvedad. De todas y cada una, quizás la de mayor estabilidad y éxito fue Venecia.

En Florencia, la prosperidad se fundamentaba en la industria de la lana, las finanzas y el comercio. En el extranjero reinaba su moneda, el firenze (florín). En M., la familia Visconti destrozó a sus contrincantes y extendió su control sobre Pavía, Cremona, y más tarde Génova. Giangaleazzo Visconti (mil trescientos cincuenta y uno-mil cuatrocientos dos) hizo que M. pasase de urbe-Estado a fuerte potencia europea. Las políticas de los Visconti (hasta mil cuatrocientos cincuenta), seguidas de las de la familia Sforza, dejaron que M. extendiera su poder hasta la zona de Ticino en Suiza y al este, hasta el lago de Garda.

El auge de las ciudades estado

El área de repercusión milanesa encontró con la de Venecia. Cara mil cuatrocientos cincuenta, la urbe de la laguna había alcanzado su punto culminante de grandiosidad territorial. Aparte de sus posesiones en Grecia, Dalmacia y más allí, Venecia había crecido cara el interior. El estandarte del león de San M. ondeaba por todo el nordeste de Italia, desde Gorizia a Bérgamo. En el sur, Nápoles era conquistada en mil cuatrocientos cuarenta y dos por A. V de Aragón, que afianzó el Reino de Nápoles, asimismo llamado de las 2 Sicilias, bajo dominio de España a lo largo de los siglos siguientes.

Estas urbes activas, de mentalidad independiente, fueron terreno fértil para la explosión intelectual y artística que tendría sitio en el norte de Italia en los ss. XIV y XV; explosión que se conocería con el nombre de Renacimiento y que supondría el inicio del planeta moderno. De todas y cada una , Florencia fue cuna y trampolín de esta febril actividad, en parte merced al espléndido patrocinio de la familia Médicis, que rigió a lo largo de largo tiempo.

La maravilla del mundo

LA MARAVILLA DEL MUNDO

El Sacro Imperio Romano Germánico

El Sacro Imperio Romano Germánico apenas había alcanzado el sur de Italia hasta el matrimonio de Enrique VI, hijo del emperador Federico I Barbarroja, con Constanza de Hauteville, heredera al trono normando de Sicilia.

Los normandos habían llegado al sur de Italia en el s. X, primero en calidad de peregrinos que regresaban de Jerusalén, y más tarde contratados como mercenarios por principados rivales y para luchar contra los musulmanes en Sicilia. De la unión de Enrique y Constanza nació uno de los personajes más interesantes de la Europa medieval, Federico II (1194-1250).

Coronado emperador en 1220, Federico era un alemán diferente. Habiendo crecido en el sur de Italia, consideraba Sicilia su territorio natural y abandonó los estados alemanes a su suerte. Guerrero y estudioso, fue un gobernante progresista con vocación absolutista. Aunque concedió libertad de culto a musulmanes y judíos, no resultó del agrado de todo el mundo, ya que su ambición final consistía en situar toda Italia bajo el yugo imperial.

Federico II

Poeta, lingüista, matemático, filósofo y muy versátil, Federico II fundó una universidad en Nápoles y promovió la expansión de la enseñanza y la traducción de tratados árabes. Desde sus primeros días al frente del Imperio, fue conocido como Stupor Mundi (Maravilla del Mundo) por sus extraordinarios talentos, energía y destreza militar.

En 1228-1229 se vio embarcado a su pesar en la Quinta Cruzada (más marcada por la negociación que por las armas) en Tierra Santa, bajo pena de excomunión; al regresar a Italia, las tropas papales invadían el territorio napolitano.

Quinta Cruzada

Tras ahuyentarlas rápidamente, concentró su atención en el control de la compleja red de ciudades-Estado del norte y centro de Italia, donde encontró aliados y numerosos enemigos, en particular la Liga Lombarda.

Siguieron años de batallas inciertas, a las que ni siquiera su muerte en 1250 puso fin. Varias veces estuvo a punto de tomar Roma y las campañas continuaron hasta 1268 con sus sucesores: Conrado IV (muerto en 1254 tras la toma de Nápoles), Manfredo (que cayó en la batalla de Benevento en 1266) y Conradino (capturado y ejecutado dos años más tarde por el francés Carlos de Anjou, que entonces controlaba Sicilia y el sur de Italia).

Fue entonces cuando Pedro III de Aragón conquistó Sicilia (1282), lo que dio inicio a un largo período de dominio catalano-aragonés en Italia.

El poder papal y las enemistades familiares

El poder papal y las enemistades familiares

El poder papal y las enemistades familiares

En un extraño giro, la religión minoritaria que el emperador Diocleciano había intentado machacar con tanto esfuerzo llegó presta a salvar la gloria de la ciudad de Roma. A través del caos de invasiones y contrainvasiones que hicieron ceder a Italia ante tribus germánicas, la reconquista bizantina y la ocupación lombarda en el norte, el papado se estableció en Roma como fuerza espiritual y secular.

Los papas fueron astutos y se sacaron de la manga la Donación de C., documento conforme el que el emperador supuestamente había garantizado el control de la Iglesia sobre Roma y sus territorios aledaños. Lo que precisaban era un garante con influencia militar; lo hallaron en los francos y se materializó en un pacto.

El poder papal y las enemistades familiares

A cambio del reconocimiento formal del control del papado sobre Roma y los territorios limítrofes, en poder bizantino –desde entonces conocidos como Estados Pontificios–, concedieron a los francos un papel principal, aunque equívoco, en Italia, y a su rey Carlomagno el título de emperador del Sagrado Imperio Romano Germánico. Tras su coronación por L. III el día de Navidad del ochocientos, quedaba roto el vínculo entre el papado y el Imperio bizantino, y el poder político del que había sido el Imperio romano de Occidente, transferido al norte de los Alpes, donde proseguiría durante más de mil años.

El escenario quedaba dispuesto para un futuro de luchas aparentemente interminables. De igual modo, las familias aristocráticas de Roma se enzarzaron en la disputa por el papado. Durante siglos, se batallaría despiadadamente por la corona imperial y asimismo Italia sería frecuentemente el principal campo de batalla. Los emperadores romanos intentarían una y otra vez imponer su control sobre unas ciudades italianas con una mentalidad poquito a poco más independiente, e incluso sobre la propia Roma. Como respuesta, los papas se servían de forma continua de su poder espiritual para doblegar a los emperadores y favorecer sus fines.

El poder papal y las enemistades familiares

En el último cuarto del s. XI, el choque entre el papa G. VII y el emperador Y también. IV sobre en quién recaía el derecho a nombrar obispos (poderosos políticos y, en consecuencia, esenciales amigos o peligrosos contendientes) mostró lo amargas que estas luchas podían ser. A fines de la Edad Media eran un eje central de la política italiana y en las ciudades y zonas de la península afloraron dos bandos: los güelfos (que apoyaban al papa) y los gibelinos (a favor del emperador).

Las guerras del nuevo imperio de Cesar Augusto

Las guerras del nuevo imperio de Cesar Augusto

El emperador Octavio Cesar Augusto continuó como único gobernante del planeta romano y cara el19 a.C. fue proclamado Augusto (sumo pontífice) y el Senado le concedió un poder prácticamente ilimitado. Se transformó en emperador.

Las artes prosperaron bajo su mandato; tuvo la suerte de ser de la misma época que los versistas V., H. y O., tal como del historiador Tito Livio. Fortaleció las artes ornamentales, restauró edificios existentes y también hizo edificar muchos otros. El Panteón fue erigido a lo largo de su reinado y presumía de que “se había encontrado con una Roma de ladrillo y la había dejado de mármol”.

Se piensa que en el cien d.C. la urbe de la ciudad de Roma tenía más de uno con cinco millones de habitantes y todos y cada uno de los símbolos de una capital imperial: su riqueza y prosperidad se hacían patentes en los ricos mosaicos, templos de mármol, baños públicos, teatros, circos y bibliotecas. Gente de toda raza y condición convergía en la capital. La pobreza se extendía entre una clase baja, de manera frecuente disgusta.

Augusto creó la primera policía de la ciudad de Roma bajo el mando de un prefecto de la urbe (praefectus urbi) para poner freno a la violencia del populacho, que hacía tiempo campaba a sus anchas.

Las guerras del nuevo imperio de Cesar Augusto

Hizo otras trascendentales reformas. Aumentó la eficiencia del ejército, que se situó en los trescientos cero soldados. El servicio militar englobaba de los dieciseis alos veinticinco años, mas Augusto sostuvo su obligatoriedad al mínimo, transformándolo en buena medida en un cuerpo voluntario. Afianzó una Roma con 3 clases sociales.

La más rica y también influyente prosiguió siendo la de los miembros del Senado. Por debajo de ellos, los llamados equites acapararon puestos en la administración pública y aportaron oficiales al ejército (su control era esencial a fin de que el poder de Augusto no fuera cuestionado). La clase baja la componía el grueso del populacho. El sistema distaba de ser recio y la movilidad social era posible.

Un siglo tras su muerte (en el catorce d.C., a los setenta y cinco de edad), el Imperio había alcanzado su mayor extensión. Con A. (setenta y seis-ciento treinta y ocho), englobaba desde la península Ibérica, G. y Britania hasta una línea que esencialmente proseguía los ríos Rin y Danubio. La totalidad de los presentes Balcanes y Grecia, así como las zonas conocidas como Dacia, Moesia y Tracia (inmensos territorios que alcanzaban el mar Negro), se encontraban bajo el control de la ciudad de Roma.

La mayoría de la presente Turquía, Siria, Líbano, Palestina y también Israel estaba ocupada por las legiones romanas y conectada con Egipto. Desde allá, una profunda franja de territorio romano se extendía por todo el norte de África hasta la costa atlántica en lo que es el día de hoy el norte de Marruecos. El Mediterráneo era un lago de la ciudad de Roma.

Las guerras del nuevo imperio de Cesar Augusto

Dicha situación se extendió hasta el s. III; los ataques al Imperio desde el exterior y las revueltas internas eran una parte de la vida imperial. Una nueva fuerza religiosa, el cristianismo, ganaba popularidad. A lo largo del reinado de Diocleciano (doscientos cuarenta y cinco-trescientos cinco) la prosecución a los cristianos se transformó en práctica común, política que revirtió C. I en el Edicto de M..

En el trescientos doce, inspirado por la visión de la cruz, C. derrotó a su contrincante Majencio en el Ponte Milvio de la ciudad de Roma. A causa de ello, devino el primer líder cristiano del Imperio romano y encargó la primera basílica cristiana de la urbe, San Giovanni in Laterano.

Después, el Imperio se dividió en 2, con su segunda capital, Constantinopla (fundada por C. en el trescientos treinta), en el Bósforo. Fue este Imperio oriental, Bizancio, el que subsistió cuando Italia y Roma fueron invadidas. Se extendía desde ciertas zonas de los presentes Montenegro y Serbia hasta Asia Menor, una franja ribereña de lo que el día de hoy es Siria, Líbano, Jordania y también Israel hasta Egipto, y un ámbito del norte de África tan al oeste como la presente Libia. Los intentos de Justiniano (cuatrocientos ochenta y dos-quinientos sesenta y cinco) por recobrar Roma y la desmembrada mitad occidental del Imperio jamás prosperaron.

Italia – La Republica romana

LA REPÚBLICA ROMANA

Italia - La Republica romana

Su primordial característica era que el imperium o bien poder regio recaía a cargo de 2 cónsules, que actuaban como mandatarios políticos y militares y eran escogidos por una reunión popular por ordenes de un año no prorrogables y asesorados por el Senado, cuyos miembros eran de por vida.

Aunque, desde el comienzo, los monumentos estaban estampados con las iniciales SPQR (Senatus Populusque Romanus –Senado y Pueblo de Roma–), originariamente el pueblo tenía poco que decir. Las iniciales aun se emplean y muchos romanos afirmarían que las cosas han perturbado poco. Conocidos como plebeyos (literalmente “los muchos”), la mayoría de los ciudadanos sin derecho a voto lentamente fue logrando privilegios de los patricios en los más de dos siglos siguientes a la fundación de la República. Determinados incluso fueron nombrados cónsules y, de verdad, cara el280 a.C., gran parte de las distinciones entre los 2 conjuntos habían desaparecido.

A pesar de ello, el sistema aparentemente democrático era en gran medida oligárquico, con una clase política bastante estrecha (patricia o plebeya) que peleaba por las situaciones de poder en el Gobierno y el Senado.

Los romanos tendían a la improvisación. Roma no se estorbó en acuñar moneda hasta el doscientos 69 a.C., aunque sus vecinos etruscos y griegos (después conquistados o aliados) hacía tiempo que disponían de ellas. Los 2 pueblos además llamaron la atención de los romanos con la escritura, que encontraron útil para los documentos y temas técnicos, aunque apenas desarrollaron la literatura. Finalmente, el panteón griego de los dioses formó los cimientos del culto romano. Se trataba de una sociedad patriarcal y su principal componente era el hogar (familia).

De forma lenta al principio y a un ritmo creciente después, los ejércitos romanos conquistaron la península italiana. Las ciudades-Estado derrotadas no eran anexionadas directamente, sino obligadas a actuar como aliadas: mantenían su gobierno y territorio y a cambio debían proveer tropas al ejército romano cuando se les demandaba.

Italia - La Republica romana

Este rasgo parcialmente tolerante fue entre las claves de su éxito. Poquito a poco más, la protección ofrecida por la hegemonía romana incitaba a muchas ciudades a convertirse en aliadas de forma voluntaria. Las guerras en Oriente y contra contendientes como Cartago le dieron a Roma el control sobre Cerdeña, Sicilia, Córcega, la Grecia continental, la península Ibérica, la mayor parte del norte de África y parte de Asia Menor cara el133 a.C.

Conforme el Imperio crecía, además lo hacía su red de “autopistas”. Con las calzadas llegaron otras ideas brillantes: los servicios de correos y las posadas de carretera. Era posible expedir mensajes a cualquier lugar del Imperio en cuestión de días o semanas por medio de mensajeros a caballo. En las casas de postas, los jinetes cambiaban de montura, comían algo y proseguían el camino.

En la segunda mitad del s. II a.C., Roma era la ciudad más esencial del Mediterráneo y contaba con trescientos cero habitantes. La mayoría eran esclavos o libertos de clase baja que con cierta frecuencia vivían en condiciones precarias. Se levantaban manzanas de viviendas (sobre todo de ladrillo y madera) a la vera de monumentos inmensos.

Entre los últimos fue el Circo Flaminio, escenario de determinados espectaculares juegos celebrados de año en año. Estos acontencimientos cobraron poquito a poco más relevancia para los romanos, que se agolpaban para ver luchas de gladiadores y fieras salvajes.

EL FIN DE LA REPÚBLICA

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Natural de el100 a.C., Cayo Julio C. probó ser entre los más insignes generales, benevolentes conquistadores y hábiles administradores de Roma. Su sed de poder fue probablemente su perdición.

Fue partidario del cónsul Pompeyo, que desde el78 a.C. era entre las figuras principales en Roma tras sofocar las rebeliones de Hispania y eliminar la piratería. El propio C. había pasado múltiples años en Hispania, ocupándose de las revueltas fronterizas, y a su vuelta a Roma en el60 a.C. formó una alianza con Pompeyo y otro esencial comandante y precedente cónsul, Imperdonable. Los 2 apoyaron la candidatura de C. como cónsul.

A fin de consolidar su situación en el juego por el poder, C. precisaba un cometido militar de extensión. Le llegó con la orden de regir la G. Narbonense, una franja al sur de la presente Francia que se extendía desde Italia a los Pirineos. A partir del59 a.C. C. reunió tropas y al año siguiente entró en la G. (la presente Francia) para atajar una invasión de tribus helvéticas y después doblegar a otras.

Lo que comenzó como una tarea principalmente protectora se convirtió en una auténtica campaña de ocupación. En los cinco años siguientes sometió a toda la G. y realizaron incursiones en Britania y en la otra ribera del Rin. En el51 a.C. acabó con la última gran revuelta de la G., dirigida por Vercingétorix.

Para entonces, C. era apoyado por un ejército veterano y leal. Receloso del creciente poder de su viejo protegido, Pompeyo rompió su alianza política con él y se asoció a facciones del Senado con ideas afines para aplazarle en el49 a.C.

El 7 de enero, C. entró en Italia cruzando el río Rubicón y asimismo comenzando una guerra civil. Su campaña de tres años en Italia, Hispania y el Mediterráneo oriental le reportó una victoria aplastante. A su vuelta a Roma en el46 a.C., admitió poderes dictatoriales.

Promovió una serie de reformas, puso a punto el Senado y se embarcó en un programa de edificaciones (la Curia y la Basilica Giulia siguen de pie).

Cara el 44 a.C. era evidente que C. no tenía la intención de restaurar la República y en el Senado creció el descontento, incluso entre viejos partidarios suyos como Marco Junio Salvaje, que pensaron que había ido demasiado lejos. Indiferente en frente de los cotilleos de un intento de asesinato, C. prescindió de su escolta. Finalmente, un pequeño conjunto de maquinadores dirigidos por Salvaje le acuchilló en una sesión del Senado en los idus de marzo (15 de marzo) del 44 a.C., dos años tras ser proclamado dictador para toda la vida.

En los años consecutivos a su muerte, su gobernante Marco A. y su heredero designado, su sobrino nieto O., se lanzaron a una guerra civil contra los asesinos de C.. Las cosas se aliviaron al tomar O. el control de la mitad occidental del Imperio y Marco A. se dirigió cara el este, mas al enamorarse completamente de Cleopatra VII en el31 a.C., O. le declaró la guerra y por último derrotó a la pareja en Actium (Grecia). Por año siguiente, O. invadió Egipto, transformándolo en provincia de la ciudad de Roma una vez que Marco A. y Cleopatra se suicidaran.

 

Italia – Las primeras Tribus

Italia - Las primeras Tribus

De las muchas tribus surgidas a lo largo de la Edad de Piedra en la vieja Italia, la de los etruscos dominó la península alrededor del s.VII a.C. Etruria se componía de urbes-Estado reunidas, sobre todo, entre los ríos Arno y Tíber.

Entre ellas se encontraban Caere (la presente Cerveteri), Tarquinii (Tarquinia), Veii (Veyes), Perusia (Perugia), Volaterrae (Volterra) y Arretium (Arezzo). El nombre de su territorio se conserva en el término Toscana, donde se ubicaba y todavía se sostiene el grueso de los asentamientos.

Gran parte de lo que se sabe del pueblo etrusco se ha deducido desde objetos y pinturas desenterrados en sus cementerios, singularmente en Tarquinia, cerca de Roma. Persiste el discute sobre si los etruscos habrían llegado de Asia Menor; conversaban hablaban un idioma apenas descifrado en nuestros días. Eran temibles guerreros y marinos, aunque carecían de cohesión y disciplina.

Al paso que los etruscos dominaban el centro, los mercaderes griegos se instalaban en el sur de la península en el s. VIII a.C., erigiendo una serie de ciudades-Estado independientes en la costa y en Sicilia, que en su conjunto se conoció como Magna Grecia.

Prosperaron hasta el s. III a.C. y las ruinas de los templos dóricos del sur de Italia (Paestum) y Sicilia (Agrigento, Selinunte y Segesta) atestiguan el esplendor de la civilización griega en Italia.

Los intentos de los etruscos por conquistar asentamientos helenos fracasaron y apuraron su declive, si bien la sentencia de muerte tendría una procedencia inesperada: la sucia si bien próspera urbe latina de la ciudad de Roma.

Perdidos en el mito se hallan los orígenes de la urbe, que, conforme se asevera, fue fundada por R. (descendiente de Eneas, héroe troyano hijo de la diosa Venus) el veintiuno de abril del setecientos cincuenta y tres a.C. en el entorno donde y su hermano Remo, huérfanos, fueron amamantados por una loba. Después, R. mataría a Remo y el asentamiento terminaría llamándose Roma en su honor.

Hay un punto en que historia de leyenda y también historia se mezclan. Diríase que 7 reyes prosiguieron a R. y cuando menos 3 fueron gobernantes etruscos históricos. En el quinientos nueve a.C., ciertos nobles latinos descontentos expulsaron de la ciudad de Roma al último rey etrusco, Tarquino el Soberbio, una vez que su precursor, Serbio T., llenase el Senado de aliados y también introdujese reformas ciudadanas que minaron el poder de la aristocracia.

Hartos de Monarquía, los nobles crearon la República Romana. En siglos siguientes, esta enana urbe latina terminaría por transformarse en la mayor potencia de Italia, desterrando progresivamente a los etruscos, cuyo idioma y cultura habían desaparecido cara el s. II d.C.