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El masaje erótico en la antigüedad: el legado sensorial de Roma

El masaje erótico en la antigüedad: el legado sensorial de Roma

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El masaje erótico en la antigüedad: el legado sensorial de Roma
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Según Asian Wellness, expertos en masajes eróticos en Madrid:

«El masaje erótico, lejos de ser una invención moderna, hunde sus raíces en la más remota antigüedad, donde el cuidado del cuerpo y la exploración del placer no estaban sujetos a los mismos estigmas morales que surgieron en siglos posteriores».

En la Antigua Roma, esta práctica alcanzó un nivel de sofisticación y normalización social que refleja una cultura profundamente hedonista, aunque estructurada por rígidas jerarquías de poder y estatus.

El culto al cuerpo en el mundo clásico

Para entender el masaje erótico en Roma, primero debemos comprender la relación del romano con su propia anatomía. A diferencia de las tradiciones que verían el cuerpo como una fuente de pecado, para los romanos el cuerpo era un templo de vigor, salud y placer. Las termas eran el epicentro de esta filosofía.

El ritual del baño no era simplemente una cuestión de higiene; era un acto social, político y sensorial. Un ciudadano romano pasaba horas transitando entre el tepidarium (sala tibia), el calidarium (sala caliente) y el frigidarium (sala fría). Al final de este recorrido, el masaje era el paso culminante y esperado, donde el cuerpo, ya relajado por el calor, se entregaba a manos expertas para ser despertado a través del tacto.

El culto al cuerpo en el mundo clásico

El rol de los unctores y las artes del tacto

En el complejo ecosistema de las termas romanas, existían profesionales dedicados exclusivamente al cuidado de la piel: los unctores. Su labor principal era aplicar aceites y retirar el exceso de impurezas. Sin embargo, en las secciones más privadas, la línea entre el masaje terapéutico y el erótico desaparecía.

Los tractatores y las tractatrices eran especialistas en un tipo de masaje más delicado. Sus manos recorrían el cuerpo con movimientos rítmicos y suaves, buscando no solo relajar los músculos, sino despertar las terminaciones nerviosas.

En las fuentes literarias de la época, como las de Marcial o Juvenal, se hace referencia a estos masajes realizados por manos jóvenes que sabían exactamente dónde presionar para inducir un estado de excitación contenida. Para la élite romana, ser masajeado por una tractatrix era un símbolo de estatus y un preludio habitual a los encuentros sexuales.


La alquimia del placer: aceites y ungüentos romanos

El masaje erótico romano era, ante todo, una experiencia olfativa y química. No se utilizaba cualquier grasa; el vehículo principal era el aceite de oliva, pero de una calidad específica llamada omphacium (extraído de aceitunas verdes), muy apreciado por su ligereza y su capacidad para no enmascarar las fragancias añadidas.

  • Canela y casia: Traídas de las rutas comerciales de Oriente, se creía que estas especias «calentaban» la sangre y aumentaban el flujo sanguíneo en la superficie de la piel, incrementando drásticamente la sensibilidad al tacto.
  • Nardo: Era el aceite más caro y lujoso. Poseía un aroma terroso y almizclado que actuaba como un sedante suave, reduciendo las inhibiciones y sumergiendo al receptor en un estado de euforia relajada.
  • Mirra y azafrán: La mirra se utilizaba por sus propiedades regenerativas, mientras que el azafrán daba a la piel un brillo dorado muy valorado bajo la luz de las antorchas.
  • Rosas de Cirene: Roma importaba toneladas de pétalos para destilar el rhodinon, un aceite floral que simbolizaba a Venus y se aplicaba en el pecho y el cuello para despertar el deseo romántico.

La técnica de aplicación incluía calentar el aceite previamente, lo que permitía que los poros se abrieran y absorbieran mejor las propiedades de las plantas.

A menudo se usaban pinceles de pelo fino para extender estas mezclas en zonas de piel delgada, maximizando la estimulación sensorial.


El masaje como preludio en el lectus

Fuera de las termas públicas, en la intimidad de las domus (casas señoriales), el masaje erótico adquiría una dimensión aún más explícita.

El banquete romano, o convivium, a menudo culminaba en sesiones de relajación donde los invitados eran atendidos por esclavos seleccionados por su belleza y destreza manual.

El masaje erótico romano no se limitaba a los genitales; era una experiencia pan-sensorial. Se enfocaba en áreas que los romanos consideraban erógenas, como la planta de los pies, la nuca, las orejas y la cara interna de los muslos.

El uso de plumas, telas de seda fina y aceites tibios permitía una exploración del placer que podía durar horas.


Comparativa cultural: Roma frente a Grecia y Egipto

Aunque Roma heredó mucho de sus vecinos, la intención y la ejecución del masaje erótico variaban significativamente entre estas tres grandes potencias de la antigüedad.

Característica Egipto Grecia Roma
Enfoque Principal Sagrado y Medicinal Atlético y Estético Hedonista y de Estatus
Uso de Aceites Kyphi y loto azul Aceite de oliva puro Perfumes exóticos caros
Contexto Social Rituales religiosos Gimnasios y educación Termas y banquetes
El Tacto Simbólico y espiritual Vigoroso y muscular Sensual y nervioso

Egipto: el loto azul y lo divino

En Egipto, el masaje erótico estaba vinculado a lo espiritual. Utilizaban el loto azul, una planta con propiedades ligeramente narcóticas, para ungir el cuerpo. El masaje egipcio era más lento y buscaba una conexión con lo divino a través del éxtasis. Mientras que el romano buscaba el placer físico inmediato, el egipcio buscaba una «elevación» del alma mediante la estimulación de los centros energéticos.

Grecia: la belleza de la proporción

Los griegos veían el masaje como una herramienta para esculpir el cuerpo. En los gimnasios, el masaje era rudo y buscaba la perfección física. El erotismo griego estaba muy ligado a la relación entre mentor y pupilo (paideia), donde el masaje era una forma de afecto y admiración por la forma humana. Roma tomó la técnica griega pero eliminó el rigor atlético, sustituyéndolo por una búsqueda desenfrenada del placer puro.

Roma: el consumo del placer

La gran diferencia de Roma radica en su carácter social y comercial. Los romanos fueron los primeros en crear una «industria» del bienestar. Para ellos, el masaje erótico era un producto de lujo que definía la jerarquía entre quien disfrutaba y quien servía. No buscaban necesariamente la salud ni la trascendencia espiritual, sino la satisfacción de los sentidos como un fin en sí mismo y una muestra de poder.


El legado invisible del masaje romano

Con la llegada del cristianismo y la caída del Imperio, estas prácticas fueron relegadas a la sombra, consideradas pecaminosas o decadentes.

Sin embargo, la sofisticación con la que los romanos trataban la piel dejó una huella imborrable. Hoy en día, cuando entramos a un spa y elegimos un aceite esencial, estamos repitiendo un ritual que los romanos perfeccionaron hace dos milenios.

La idea de que el tacto, combinado con la temperatura y el aroma, puede alterar nuestro estado de ánimo y despertar nuestro deseo, es quizás una de las herencias más íntimas que nos dejó el Imperio.

El masaje erótico en la Antigua Roma fue la máxima expresión de una civilización que entendía el tacto como el lenguaje primordial del placer.

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